Allí esta sentada en una pequeña banca entre la avenida San Diego y la calle de los recuerdos; su corazón retiene la tristeza de un amor perdido y sus ojos cristalinos parecen adormecidos por la angustia de su ser. Un paisaje oscuro la envuelve, la lluvia no ha cesado desde algunas semanas; mas ella persiste en su espera, estática.
La conocí hace años atrás, cuando nuestro único sueño era la risa, el juego y la diversión que encerraba nuestra pequeña mente infantil en un mundo mágico, de príncipes, hadas, amor, encanto; el tiempo y las amistades distanciaron nuestra promesa de "mejores amigas por siempre" y así nuestra amistad se disipo en los recuerdos.
Me parece verla caminando por los pasillos de la escuela, meciendo sus caderas, jugueteando con su cabello rizado amarillo como las flores de primavera; perdida en un universo de mentiras, fama y belleza; en el cual conoció a Roberto; apuesto, alto, atlético (aparentemente llenaba sus expectativas) y fue a quien entregó sin reservas su corazón encantada por su sonrisa de fabula y su cursi palabrería.
Roberto se marchó prometiendo su regreso, pero nunca volvió; su amor fue tan efímero como el perfume, pasajero, superficial, dejando en el olvido a quien por hoy lo espera con un corazón marchito que ni la lluvia podrá volver a retoñar, porque ha sido cubierto por la decepción; un velo que ella misma deberá quitar.

Nahara Castro.














